Sinopsis de Los colores de Diablo
Francis Ponge quiso devolverles espesor filosófico a las cosas más humildes. Alfonso Reyes encontró en los objetos cotidianos una forma de inteligencia. Walter Benjamin hizo del juguete, del pasaje y del billete de tranvía pequeñas máquinas para pensar la historia. Gerardo Deniz cifró en los objetos de su pensamiento ocurrencias desternillantes. Pero Los colores del Diablo llega a ese territorio por otra vía. No parte de una teoría de los objetos. Parte, más bien, de la convivencia con ellos. Han sido usados antes de ser escritos y, a cierto nivel, la escritura (sus tonos, sus ritmos, sus inflexiones) es una plasmación de esta experiencia. Algo semejante ocurre con la lectura, con la impresión que nos produce el Pedro Mena lector a nosotros, lectores de sus ensayos. En estos escritos los libros nunca aparecen como monumentos culturales destinados a imponer erudición. Borges conversa con un vendedor de revistas. Žižek termina rodeado por comentarios de YouTube. Nils Frahm modifica la percepción de una tarde lluviosa. La cultura no establece jerarquías, sino conexiones. Se trata de una cultura sin solemnidad. La alta cultura y la cultura popular dejan de ser vistas a través de irrestrictas líneas divisorias porque ambas ingresan al mismo circuito de experiencias. En los ensayos de Pedro Mena lo decisivo nunca es la autoridad de una referencia, sino la intensidad con que esa referencia modifica la mirada.
Hugo Herrera Pardo





