Sinopsis de Piedra Rosetta en el desierto
No quiero con estas líneas hacer el trabajo del lector que Piedra Rosetta en el desierto de Manuel Illanes llama a hacer. Sólo quiero hacerle unas líneas-homenaje a este libro deslumbrante. Los versos de Piedra Rosetta en el desierto descienden hacia una profundidad que se levanta, como diría Jorge Medina Vidal. Cortados en un número mínimo de sílabas verticalizan el decir. Esa verticalización —que nada tiene que ver con la Poesía Vertical de Juarroz— genera una vuelta inmediata. El recorrido no produce surco. Se cumple así una suerte de bloqueo a la versura que amaga consumarse. Pero los períodos son muy breves y esa brevedad tiene el efecto culturo-poético de orientalizar a péndulo mínimo, se diría. Lo que está cortado, entonces, es el tiempo. Piedra Rosetta en el desierto de Manuel Illanes crea un vértigo por descenso interminable. Si en la versura clásica la línea crea territorio al volver al punto de partida lo suficientemente alejado para que se asigne sintagma —es decir, en una palabra no material: sentido— en este caso el lector es obligado a pasar de la anterior extensión a una ex-tensión, es decir, a una memoria de la tensión que se mantiene como esa memoria en la medida en que promete re-extenderse. Pero esa es la clave del misterio de esta piedra que alumbra de Manuel Illanes: la promesa se mantiene en promesa. Siempre al borde de la concretud pero sin caer en su espacio atomizado, Illanes crea un máximo grado de condensación. La antigua y mítica promesa de caída no se cumple nunca. Tal vez en ese incumplimiento radica la posibilidad real de escribir poesía hoy.
Eduardo Milán



